Si entendemos por normalidad “que se ajusta a las normas” o “natural” (lo cual no deja de ser “que se ajusta a las normas de la naturaleza”), debemos demarcar el ámbito y rango normativo, pues todo lo que esté dentro de ello devengará en normal. Se contemplará el rango.

Si, por el contrario, como se hace habitualmente atendiendo a su connotación, entendemos como normalidad lo común, frecuente, habitual, o estadísticamente recurrente con los índices más elevados, entonces estamos restringiendo y reduciendo dicho ámbito.

Pero la aberración más insostenible, y dañina, es cuando asimilamos normal a ideal. Pues por muy elevado o deseable que sea un ideal, no deja de estar en el estrato más elevado, y con frecuencia tangencial, de la esfera de lo posible. Y si lo ideal está en el dominio de lo imposible, entonces alcanzamos el absurdo desequilibrante e insostenible.

Ejemplos:

Parece “normal” que los humanos cuenten con cuatro extremidades (dos brazos y dos piernas). Pero en realidad eso es lo “ideal”, pues entra dentro de la norma de la naturaleza el que puedan tener cinco, o tres…

Parece “normal” no padecer enfermedades. Pero si uno busca “una de cada personas padece”, veremos que 1/4 padece enfermedades mentales, 1/7 hipersensibilidad dental, 1/4 adicciones, 1/4000 retinosis pigmentaria, 1/15 cancer, 1/4 varices, 1/4 hipertensión… y un largo etcétera. Con lo que ni siquiera creo que haya alguien que no padezca nada. Lo “normal”, tanto en la primera como en la segunda acepción enunciadas, sería estar enfermo. Lo “ideal”, lógicamente, es no padecer ninguna enfermedad.

¿Cuándo lo “ideal” se convirtió en “normal”? En las pequeñas comunidades de antaño la diversidad era algo prácticamente inexistente. Cuando se daba, o bien se escondía, o bien se estigmatizaba. Pero con la aparición de medios de comunicación masivos (que en su pugna por la audiencia se empeñan en mostrarnos lo extraordinario, lo esperpéntico, y lo aberrante), nos vemos rodeados, bombardeados, de un mensaje que se convierte en nuestra “realidad”, en nuestra “normalidad”.

Una mujer no puede ser madre y mantener un vientre plano (cosa que, ya de por sí, no es natural, por ser la zona del vientre femenino una región estructuralmente diseñada para la acumulación de tejido adiposo en mucha mayor cantidad y proporción que en el hombre). ¿Por qué la muñeca Barbie, referente iconográfico del modelo corporal de mujer para millones de niñas, no se mantiene de pie sola? Sencillamente porque tiene unas proporciones imposibles.

Un hombre no puede estar completamente sano toda la vida, y vivir muchos años. Se cuide lo que se cuide. Ni puede pretender que sea “normal” llegar a estrella de rock, o estrella del balón, mientras trabaja de día de contable, y por la tarde cuida a sus padres enfermos.

Sin embargo eso es lo que nos venden, lo que nos rodea, lo que llamamos “normal”, lo que idealizamos. Y podríamos entrar a analizar a quién le interesa que sea así (desde las religiones organizadas hasta la maquinaria industrial y de consumo), cómo lo consiguen (desde el marketing hasta la obsolescencia programada), y cómo podemos ser tan estúpidos de dejarnos enredar en esa trampa (desde las tensiones psicoanalíticas ello-yo-superyo y eros-tánatos, a una sociedad culturalmente lastrada y deficiente, a las presiones histórico-religioso-morales, pasando por la estrategia del pan-y-circo de los políticos representantes de legislatura, o unos indivíduos que nunca fueron más que miembros de una manada ni miraron más adentro que sus propios ombligos).

Las causas son miles, pero el efecto uno: ruptura.