NOTA: Por alguna razón WordPress no muestra todas las imágenes de ese día (06 de septiembre), pero se puede acceder a más fotos de ese día aquí: http://www.flickr.com/photos/jcortell/sets/72157647279455961/

Mi idea era llegar al mercado de pescado Tsukiji temprano. No es que esté interesado en la subasta de pescado, pero quería ver a los peces antes de ser cortados y envasado o vendidos. Eso significa llegar allí antes de las 8 de la mañana. Así que me puse la alarma a las 5 de la madrugada. Más que suficiente para revisar el correo electrónico, videoconferencia con mi esposa, ducha, vestirme y llegar allí, ¿verdad? Pues no. Horas de correos electrónicos sin parar me mantuvieron pegado al futón hasta decidí cerrar la tapa de mi portatil y decir “basta”. Por lo menos conseguí llegar antes de las 9.

El mercado está justo detrás de la estación de metro. Un cartel con personajes de dibujos explica las reglas. Básicamente “aparta del camino y no molestes a las personas que están tratando de trabajar allí”. OK.

Ese es otro de esos lugares en los que se disfruta con una cámara de verdad. Pero también me lo pasé de lo lindo sacando fotos con mi teléfono. Es muy pictoresco. Por supuesto, todo ese pescado fresco te da hambre (a menos que veas “cadáveres de peces”, y entonces puede que lo que te den ganas es de hacerte vegano). Ya que soy un indeciso “pescatariano” – quiero ser vegetariano pero no puedo dejar de disfrutar de una gran cantidad de peces –, fui a uno de los múltiples puestos que sirven sashimi allí mismo, e hice cola durante para una buena media hora. Malditos mensajes de correo electrónico de la mañana y turistas perezosos. Pero ¿valió la pena?. Oh, sí.

¿Qué puedo decir? Por supuesto, el sashimi más delicioso y fresco que he probado en mi vida, preparado justo en frente de mí. Una sugerencia: no eches a perder el sabor pidiendo sushi, o añadiendo salsa de soja o incluso washabi. Confía en mí: en Tsukiji quieres sashimi, crudo, fresco y puro donde los haya.

Pensé en no tomar nada más después de esa delicia. ¿Podría mantener el sabor en la boca durante horas, por favor? Pero entonces vi un puesto de venta de wagashi, y otro que vendía tamago en un palo (sí, tortilla dulce, pinchada en un palo), y no me pude resistir.

De allí me dirigí a Ueno, otra área que no había logrado cubrir en mis viajes anteriores.

¿Cómo es que nadie me dijo de visitar Ueno antes? Es impresionante.

El parque es bastante grande, aunque no enorme como Central Park. Aún así, es muy bonito, lleno de caminos, santuarios, templos y museos.

Partiendo de la Fuente de la Rana en el sur, y yendo hacia el norte, si sigues por la izquierda, pronto descubre el estanque Shinobazu y templo Benten-do. Estaba cubierto con plantas de loto a punto de florecer. Capturé en foto la que parecía ser la primera flor de loto de la temporada. Luego, una serie de santuarios y templos hermosos y pacíficos me llevó a la impresionante Kiyomizu Kannon-do, tras lo cual llegué al Museo de Arte Metropolitano. Admito que es difícil de visitar un Museo Metropolitano cuando tenemos el MET en Nueva York. Vale la pena una visita, pero en mi humilde opinión, palidece en comparación con el Museo Nacional de Tokio a pocos metros de distancia.

Esos metros, sin embargo, estaban llenos de artistas locales, incluyendo Agata Yamaguchi, y artesanos. Fue un placer ver sus creaciones, y aún mejor para reconocer a la ilustradora Chiho sentada en el parque, y rogarle que hiciese un boceto de mi esposa partiendo de una foto. ¡Impresionante!

Museo Nacional de Tokio, no podía dejar de maravillarme de la enorme selección de arte asiático de la que disponen, dividida en varios edificios tan grandes que cada uno podría ser un museo independiente perfectamente. Visité Honkan, la galería de arte japonés; Toyokan, la galería de arte asiático; y la Galería de los Tesoros de Horyuji. Además disfruté del jardín y el pabellón de té.

De escultura a la pintura, pasando por ukiyo-e, dibujo, diseño textil, armas (sí, algunas de las Katana tienen nombres propios ¡y son famosas!), cerámica, fotografía, máscaras, abanicos, caligrafía, objetos arqueológico, utensilios de té… de todo. Por supuesto perfectamente seleccionado y expuesto, completamente limpio, bonito, informativo, y fácil de seguir… un museo como deberían ser los demás.

Yo no sabía qué esperar de mi próxima parada: el Museo Tokiota de Arte Occidental, pero me quedé con la duda, porque, de nuevo, un cartel de “cerrado” saboteó mis planes para ver más arte. Tal vez para obligarme a ver y disfrutar del parque. Así que lo hice. En particular, las tumbas de los soldados Shogi-tai.

Yo no sabía que la guerra de Ueno (15 de mayo de 1868) delimitó la era Edo y la Restauración Meiji. En esta guerra un grupo de soldados del viejo gobierno de Tokugawa llamados Shogi-tai lucharon contra el ejército del nuevo gobierno. ¿Os suena? ¿Estaba frente a las tumbas de “El último samurai” (cosa que ni mencionan)? Eso fue toda una sorpresa. Siento un enorme respeto por ese grupo, así que me incliné y les pagué mis respetos a los que se enfrentaron a una muerte certera por una forma de entender el mundo. Puedes ver en ellos obstinados extremistas suicida. Yo veo valientes y determinados seguidores del bushi-do, una filosofía (o más bien forma de entender la vida) que me ha influenciado desde que leí sobre ella hace décadas.

Para regresar al presente, y para aligerar un día muy profundo, me pasé por “Ameyayokocho”, uno de los pocos mercados abiertos Tokio, donde vi los precios de locura de perfectos melocotones blancos (entre ¥ 600 y ¥ 3,500).  Un durian cuesta  ¥ 5.000, y su hedor te llenará la casa durante días. También había todo tipo de peces y calamares disecados, y otras “cosas raras”.

De un vendedor ambulante tomé un pastelillo relleno de queso y tofu, y luego de una tienda en la misma calle un pequeño pastel relleno de crema de castaña.

¡Me encanta la comida japonesa!

Antes de terminar el día hice una parada final en Shinjukku. No es mi barrio favorito para nada, con sus calles llenas de gente que van en todas direcciones, para pasear por la Shinjukku Creators Festa (no es tan impresionante como parecía que sería), y curiosear por los pasillos de los grandes almacenes Tokio Hands.

El pachinko a la vuelta de la esquina de mi hotel se había convertido en una imagen familiar a estas alturas, tanto que casi me inducía sueño al verlo. Eso o estaba tan agotado que casi me quedo dormido antes de llegar a mi habitación.