No sé si reirme o llorar con el concepto de “Navidad”. Sea eclesiástico o comercial, es una perversión del evento realmente celebrable que es el solsticio de invierno -hemisferio norte / verano -hemisferio sur (por cierto, gracias Mª Carmen por ser la primera en felicitármelo aunque sea un par de días tarde). No obstante, sea por una causa u otra, mucha gente tiene fiesta y se lanza a la celebración (no les preguntes por qué, o te entrarán las mismas ganas de reir/llorar que a mí).
O me gusta la buena mesa, o cada vez hay mejores restaurantes en todas partes, o lo de Málaga es un paraíso culinario. Supongo que un poco de todo.
En esta ocasión he tenido la suerte de poder disfrutar de un par de lugares trendy: Rucula, más formal y original; y comoloco, ensaladas, pittas, y postres geniales. Y un lugar muy tradicional, Santiago, de esos donde normalmente no entras si no es porque lo sugiere la suegra (y siendo la primera vez que comes con ella y los cuñados, no es plan de rechazar la sugerencia), o porque lo conoces de toda la vida, pero donde he comido el plato del año: potaje con jibias.
Raúl me escribe cómo preparar un té moruno, receta que le enseñó un amigo marroquí.
Como él dice esto también es compartir cultura. De hecho es bien conocido, y empleado, el símil “receta – programa de ordenador”.
Compartir recetas parece algo tan natural. Nadie suele pretender “apropiarse” ni “atribuirse” una receta. De hecho los grandes chefs de cocina son reconocidos por su estilo, pero muy pocas veces alardean de ser los “autores” de tal o cual receta particular porque saben que todas sus “creaciones” se basan en recetas y combinaciones anteriores (incluso la “cocina molecular” que no es un invento de Ferrá Adriá como mucha gente cree), aportando un toque personal.
El pasado miércoles Juan y yo “disfrutamos” de un completo día viajero: Valencia-Pamplona (vía Zaragoza) por la mañana. Por la tarde Pamplona-Madrid (vía Vitoria y Burgos).
Fue uno de esos viajes en los que pasamos de “mira qué bonita la montaña nevada, haz una foto”
a “vaya, espero que esto no se coja”
a “no toques el freno, decelera, concentrate, no veo nada, vaya mierda, ¿dónde está el quitanieves?”
Me recordaba a Michigan.
Anoche, después de retar a JJ a pasear e ir de compras (incluída la iPodizada, iPhoneada y MacBookeada Apple Store con ninots de falla en versión navidad en el escaparate) por las calles de Chicago. Yo hacía eso con 30 grados menos hace años y sé lo que “pica”, por eso llevaba pasamontañas. Pero es la única forma de disfrutar el ambiente, la exagerada, luminosa, y gigantesca decoración navideña, y las obras de arte callejeras (como las instalaciones de Grant Park).
En el lobby del hotel, hay una pantalla plana de 42" Philips con efecto 3D lenticular espectacular, pero aun lejos de ser útil para su uso doméstico.
Ya fuera, la nieve me trae grandes recuerdos. Queda muy bonita en las fotos y las “navidades blancas” y todo eso. Pero la verdad es que ni me acostumbro ni me gusta la nieve+viento (Chicago es Wind City, y más a la orilla del lago) +frío.
En Valencia hay muchos sitios que están bien (por ejemplo, restaurantes ya conocéis varios de mis favoritos, aunque hay unos cuantos más que son realmente interesantes). Pero he de reconocer que en Málaga, siendo la mitad en población que Valencia (aunque tiene un aeropuerto, donde me encuentro ahora, y unos vuelos internacionales que dejan a Valencia al nivel del betún), no he repetido ni restaurante ni hotel hasta ahora, y sigo gratamente sorprendido.