El amor no se “contenta con esforzarse por evitar el dolor, una meta de la cansada resignación, más bien lo supera sin cuidarse de él, y se afirma en el apasionado y arraigado esfuerzo por una realización positiva de felicidad”. Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”. Que el amor sea siempre la base que mantenga unidos a 1+1=1

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Obviamente no creo que sea el camino a un verdadero cambio social, y como “derecho a pataleta” me parece uno de los peores. Pero la huelga ha cumplido una función fundamental en la “lucha de clases”, y por lo tanto hay que honrarla. Aquí van algunas propuestas de pancartas para tan señalado día: NO SIRVE DE NADA, PERO GRACIAS POR VENIR NO ME GUSTAN LAS AGLOMERACIONES ¿DÓNDE ESTA WALLY? ¿DÓNDE ESTA MARX CUANDO LO NECESITAS?

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A parte de la sublimación, o la catarsis, hay un modo de avance simple pero eficaz en las psicopatologías (especialmente traumáticas) que es la interiorización de la diferencia fundamental entre términos aparentemente similares y relacionados con el trauma. Por ejemplo, un hombre que ha sido torturado, debe comprender la diferencia entre fuerza-poder-agresividad-violencia. Como ese hay muchos ejemplos (entrega-compartir-regalo-abandono, límite-norma-regulación-restricción-inhibición-prohibición-represión, libertad-libertinaje-anarquía, etc, etc). En esa línea, Dan Pallotta, en el Harvard Business Review (gracias Juan) escribe un artículo sobre la diferencia entre preocuparse y ser responsable.

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En occidente nos hemos centrado mucho en el “proceso”. Todo son procesos, con su linealidad, consecución, causalidad, y objetivo. Se busca la optimización. Modificaciones sucesivas en pos de una meta, a través de las cuales se diluye el espíritu inicial del proceso en cuestión. En oriente, sobretodo tradicionalmente (no me refiero a la vorágine de producción y consumo capitalista en la que se ha convertido China, o el hipereficiente Japón de la postguerra) hay un enfoque mucho más orientado al rito.

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En un océano grande y profundo, como todos lo son, habitaba, entre muchos otros, un pez. Ese pez, como todos los demás, era especial. Pero, a diferencia de los demás, a él se le notaba desde fuera: en su rostro había algo que ningún otro pez tenía. Una sonrisa. – Ese pez se cree superior – decían unos. – ¿Cómo lo hace? – se preguntaban otros. – Ha alcanzado el aquadharma – pregonaban los guru-peces.

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Foto de autor

Jorge Cortell

Viviendo

Senior Advisor en los laboratorios de innovación de Harvard University - Advisor en NLC

Cambridge, MA (EE. UU.)