Ayer fui al cine. Y por desgracia, lo que más me impactó fue este cartel.
Hace ya tiempo que no sigo la batalla “Propiedad Intelectual”, pues cansa luchar contra los molinos de viento, y otros lo hacen mucho mejor que yo. Ya dije que la “Propiedad Intelectual” no existe, que regularla es dañino para todos menos los intermediarios parasitarios (a parte de ser un ejemplo de ilusión colectiva), y que su abolición no sólo es posible, sino que sería muy aconsejable.
Hay que centrarse en lo que permite avanzar. Y soltar lastre.
Somos una sociedad obesa, nuestro software se está convirtiendo en bloatware, en la radio sobran tertulianos, y de activistas de postín están llenas la red y las conferencias.
He decidido dar de baja unilateral a todo usuario que nunca ha posteado un comentario o trackback en este blog (perdón si sí lo has hecho y aun así te he borrado).
Desde hace unos días tengo otro blog. Anónimo. No os diré ni la temática para que no lo busquéis.
Hoy me ha entrado la curiosa sensación de serle infiel a mi blog. ¿Por qué posteo esto allí, cuando lo podría hacer aquí? ¿Es buena esta posible duplicidad? ¿Lleva a algo la compartimentalización?
La pluralidad se supone que es buena. Además, quien lea aquello puede que no esté interesado en leer esto, y viceversa.
Amanece muy nublado y cayendo aguanieve. Esto ya parece más Chicago.
Esta mañana he estado en el brunch con gospel del House of Blues. Nada espectacular (ya había estado muchas veces en sesiones de gospel en otras ciudades). Pero siempre me llama la atención la genuinamente espectacular forma en que los “afroamericanos” (negros, vamos) viven esa comunión de música y religiosidad. De especial mención ha sido el escuchar (y cantar) “Down by the river” un “negro espiritual” (canción de la época de la esclavitud).
Tras ver unas espectaculares fotos de ñus acechados por leones, y enterarme de que uno de cada cuatro escaladores del K2 muere en el intento, me han venido a la mente unas cuantas reflexiones:
Sé lo que quiero porque sé lo que (quién) soy. Riesgo es algo que otros “analizan” y “asumen” o no. Yo el riesgo lo acepto. Y eso implica enfrentarse a las consecuencias de cara. Mientras no olvides de dónde vienes, y tengas claro a dónde vas, no importa mucho dónde estás.
Ayer hizo un día soleado (frío pero con poco viento). Tras una extensa e interesante reunión con un cliente japonés, hijo de un monje budista (que me hizo un regalo, y que hablaba, a través de su intérprete, de negocios con muchos ceros de una forma tan tranquila y profesional que da gusto) y su socio americano, en un lujoso hotel del centro, decidí dar un “paseo de vuelta a la tierra”.
Una vez embarcado en el avión, el piloto ha comunicado que había un problema técnico en el motor, y por supuesto así no podíamos volar. Nos han desembarcado, y espera de 3 horas más (ya llevaba 3) en el aeropuerto.
A la llegada a Chicago me ha ocurrido la situación más absurda con una reserva de hotel que me ha pasado en muchos años de viajar por el mundo: yo había reservado online (prepagado con tarjeta de crédito, y confirmado por escrito desde hace mes y medio) un céntrico hotel.