La llegada a Dhaka ha sido como esperaba, me recuerda a la India (para eso son vecinos).
Inmigración: lentísima, aunque sin problemas.
Maletas: caos enorme. Primero los monitores que dicen que las maletas de mi vuelo salen por la cinta 1 y la 2. Aunque hay tanta gente que no puedes ver ambas cintas a la vez. Luego un cartel que dice que por la 1 salen las maletas de turista y por la 2 las de primera, lo cual termina siendo falso.
Lo de los cambios de temperatura es algo que cualquier viajero experimentado tiene asumido. Pero salir de casa a 28° C, aterrizar a 1° C (nada de finger, al bus y notar el frío teutón), coger otro vuelo y aterrizar a 34° C, es un poco mareante.
El aeropuerto de Munich, tan frío, limpio, y ordenado como siempre. El de Dubai tan lujoso, ostentoso e increíblemente ajetreado a las 02:00h como siempre (no conozco otro aeropuerto con tal nivel de actividad nocturna).
El sábado por la noche llegamos al aeropuerto de Miami y, como siempre, nos recibió un golpe de calor y humedad tropical de los que cuesta reponerse.
Pero más duro fue reponerse del impacto que nos causó el hotel (Catalina): como era sábado noche, y el hotel se ha posesionado como “In”, con sus restaurantes atrevidos, decoración de diseño, y DJ residente, allí había una verdadera jauría de gente joven, con ganas de marcha, vestidos para la ocasión, y movidos por una música techno-retro (típica mezcla DJ comodón), que ciertamente intimidaba.
Tras una reunión por la mañana (preciosas vistas desde la oficina, por cierto), directos al Museo del Instituto de Arte de Chicago. La exposición temporal de pantallas japonesas “Más allá de las nubes doradas” es realmente preciosa.
Comemos en el lounge del Rhapsody (cierran cocina a uno horario muy anglosajón, poco compatible con la intensidad del turista latino), aunque lo suyo sería la cena previa al concierto de la filarmónica.
Con los transportes, las colas, y la “seguridad” aeroportuaria, uno pierde el día cada vez que ha de tomar un avión.
Llegamos a Chicago, hacemos check in en el hotel, y a cenar directamente. Menos mal que elijo uno que está cerquita: Oysy.
Hace fresquito en la calle, aunque se está mucho mejor que en otras ocasiones en las que he estado aquí (sobretodo en invierno, cuando el permanente viento parece que te quiera arrancar la piel a tiras).
El lunes fue un día fuerte de trabajo. Dos reuniones en Manhattan y otra en Connecticut hicieron que hasta bien entrada la tarde no pudiese disfrutar de la ciudad.
Un breve paseo por Canal Street (no compré nada, pero comprobé que sigue igual de bullicioso que siempre) para ver los límites de China Town y lo que queda de Little Italy, y por NoLiTa a cenar al Meat Packing District. Lo intentamos en Buddakhan, pero estaba imposible, y el ambiente en Pastís estaba tan ruidoso que no se podía hablar ni chillando, así que nos quedamos en la terraza del Spice Market.
De nuevo en Nueva York.
La primera sensación que uno tiene al llegar a JFK, y una vez pasadas las nuevas y más rápidas colas de inmigración, es el caos. Desorden en la zona de recogida de maletas, de autobuses y taxis, de tráfico. Definitivamente, voy a tener que dejar de pensar en Tokio durante unos días o NY me va a caer mal.
Tras la odisea de la recogida en el aeropuerto, check-in en el hotel, y a pasear (si me tumbo, no me levanto hasta mañana).