El amor no se “contenta con esforzarse por evitar el dolor, una meta de la cansada resignación, más bien lo supera sin cuidarse de él, y se afirma en el apasionado y arraigado esfuerzo por una realización positiva de felicidad”.
Sigmund Freud, “El malestar en la cultura”.
Que el amor sea siempre la base que mantenga unidos a 1+1=1
En occidente nos hemos centrado mucho en el “proceso”. Todo son procesos, con su linealidad, consecución, causalidad, y objetivo. Se busca la optimización. Modificaciones sucesivas en pos de una meta, a través de las cuales se diluye el espíritu inicial del proceso en cuestión.
En oriente, sobretodo tradicionalmente (no me refiero a la vorágine de producción y consumo capitalista en la que se ha convertido China, o el hipereficiente Japón de la postguerra) hay un enfoque mucho más orientado al rito.
Trasiego, planificación, racionalización, trabajo, esfuerzo, movimiento, concentración…
Y al final, el placer mayor del día llega de forma etérea: un smiley en un SMS, la brisa que entra por la ventana, junto con una acertada pieza de Chet Baker que emana de la casa de algún vecino (bendito vecindario en el que nadie ve la TV), el olor un nuevo incienso japonés…
Cuando todo nos parece que está mal, que todo está al revés… te das cuenta del placer de vivir.
Quiero un mundo donde el código esté programado en verso. Donde la poesía sea binaria. Donde la información huela bien.
El otro me agrede. Por eso no he entendido nada hasta que he entendido el amor. Porque 1+1=1
Siguiendo en la línea de otra recopilación que hice (para Málaga), en esta ocasión, gracias a unos amigos que acaban de regresar de Perú (gracias Juangui, Jose, y Alvaro), aquí van vocablos “diferentes”:
La interacción con los objetos alcanzó, a principios del siglo pasado, una nueva dimensión: la electricidad, la mecánica, y una fascinación por los “nuevos inventos” nos lanzaron a la era de la “tecnología” en una carrera que a veces hasta un tecnófilo se pregunta si es sana.
Así que no es nada nueva la extraña sensación que causa la interacción con los objetos (como por ejemplo un ordenador, o un ascensor).
He pasado una semana desconectado en Málaga y Granada.
Personalmente ha significado mucho, pero en este blog dejaré los asuntos íntimos de lado (para eso tengo otro, completamente anónimo), y mostraré sólo algunas curiosidades y recuerdos.
Esto es una muestra graciosa de street-art (un adhesivo de una cucaracha colocado estratégicamente en una señal de circulación, convirtiendo al insecto en un “vehículo autorizado”). Otro ejemplo curioso fue un marker-graffiti que decía Chuck My Norris (habría que hacer antropología e historia de la red para explicar este fenómeno).