El lunes fue un día fuerte de trabajo. Dos reuniones en Manhattan y otra en Connecticut hicieron que hasta bien entrada la tarde no pudiese disfrutar de la ciudad.
Un breve paseo por Canal Street (no compré nada, pero comprobé que sigue igual de bullicioso que siempre) para ver los límites de China Town y lo que queda de Little Italy, y por NoLiTa a cenar al Meat Packing District. Lo intentamos en Buddakhan, pero estaba imposible, y el ambiente en Pastís estaba tan ruidoso que no se podía hablar ni chillando, así que nos quedamos en la terraza del Spice Market.
De nuevo en Nueva York.
La primera sensación que uno tiene al llegar a JFK, y una vez pasadas las nuevas y más rápidas colas de inmigración, es el caos. Desorden en la zona de recogida de maletas, de autobuses y taxis, de tráfico. Definitivamente, voy a tener que dejar de pensar en Tokio durante unos días o NY me va a caer mal.
Tras la odisea de la recogida en el aeropuerto, check-in en el hotel, y a pasear (si me tumbo, no me levanto hasta mañana).
Hoy, de nuevo, todo el día de reuniones.
Por la noche nos ha dado tiempo para despedirnos de Tokio como es debido: primero un paseo por el ruidoso, ajetreado, luminoso, y sórdido (pero a la vez con una completa sensación de seguridad) Kabukicho en Shinjuku, y luego cena de excelente sukiyaki (ternera, verduras y noodles cocinados en tu mesa con azúcar y salsa de soja) y shabu-shabu (ternera cortada muy fina y verduras hervidas en tu propia mesa, con dos salsas características) en Ibuki (lo que nos ha costado encontrarlo merece un post aparte, pues en esta ciudad las calles no tienen placa, y las direcciones no tienen lógica).
El miércoles fue un día de locos. Reuniones todo el día.
Por suerte, hubo un rato para pasear. Así que nos fuimos a Akihabara.
Aquello ya no es la meca de la electrónica (pues esta se ha extendido a todas partes), pero sigue siendo espectacular y ruidoso.
Luego nos fuimos otra vez a Shibuya. Cada vez que paseamos por allí, descubrimos miles de cosas nuevas, como la tienda de sombreros Bossio.
El martes por la mañana, antes de mi primera reunión de negocios del día, fuimos a ver una representación de Kabuki en el Kabuki-za.
Luego, de camino a la reunión paramos en el templo Sengakuji, donde están las tumbas de los 47 ronin (quienes en 1702, vengaron la muerte de su señor – que fue condenado a realizarse sepukku por una confrontación con un oficial de la corte – cortando la cabeza de ese oficial y llevándola al templo, donde luego se suicidaron y fueron enterrados).
Llevo en Tokio desde el sábado 12, y a parte de trabajar, me lo estoy pasando bomba. La pena es que por unos días no coincida con el Tokyo Game Show. Lo curioso es que esta semana hay consejo de una empresa en EEUU de la que soy consejero, y me lo pierdo por estar aquí… y la semana que viene viajo precisamente a EEUU.
El mismo sábado, tras una siesta en el hotel para combatir el jet-lag, fuimos al altar de Shiba Dai Jingu para ver el festival, pero ya había acabado.
Cualquiera que lo lea y no piense un poco se quedaría asombrado.
Daniel Henninger ha escrito el pasado día 3 (perdón por el retraso, pero llevo una semana de trabajo de locos, supongo que se nota en la escasez de posts) un editorial para el Wall Street Journal titulado “The Lumpen Bureaucratariat” que no tiene desperdicio.
Relata el hartazgo del electorado global con los burócratas, la deuda, y el estancamiento de la clase política.