Siempre hablamos de las discográficas (y sus parásitos satélite como suciedades de gestión y compañía) como paradigma de enquilosamiento y juego sucio.
Hoy le toca a la industria del cine.
La misma industria que estuvo infringiendo la ley de patentes durante años, y que para ello incluso llegó a huir físicamente a una ubicación remota (de ahí el nacimiento de Hollywood en el lejano oeste) se pavonea de haber conseguido que el Congreso norteamericano hiciese que un tribunal declarara “monopolio” a la General Film Company que tenía las patentes del cine (¿no es acaso una patente un monopolio legalizado?
Alf me envía un enlace a un artículo que ha escrito en el que postea un vídeo en el que las discográficas describen sus errores de los años 40/50… y ¡son los mismos que los de ahora!
Además ayer escuché en la radio un texto del fallecido crítico musical, escritor, y director del aula de música del Ateneo, Fernando Ruiz Coca en el que cargaba contra la mediocridad y contra la mercantilización, unidas en la figura de las discográficas y los medios.
Por lo menos así lo entiende el ordenamiento jurídico español, al obligar a ejercer sus derechos a los artistas de forma tutelada (a través de las suciedades de gestión colectiva), cosa que no ocurre en ningún otro caso en todos los cuerpos de legislación de nuestro país (excepto aquellas personas que no son responsables de sus actos).
Esto que hasta ahora me parecía un auténtico insulto hacia los artistas que sólo tenía sentido por el interés de dichas entidades monopolísticas, empieza a tener sentido para mí.
Siempre he dicho que las drogas “duras” y otros mecanismos para alcanzar estados alterados de la mente, a parte de ser dañinas, contribuir a un comercio que sólo beneficia a unos pocos delincuentes, y crear dependencia, son absolutamente innecesarias.
Si sabemos escuchar a nuestro cuerpo, encontraremos multitud de ocasiones para “disfrutar” de dichos estados. Desde momentos de tensión, miedo, estrés, enfermedad… a momentos de placer, felicidad, relax. Simplemente hemos de ser capaces de abstraernos y entender (y disfrutar) lo que está pasando.
Mucho, muchísimo se ha especulado sobre este tema. Pero a los datos me remito:
a) Según datos del libro “Happiness: Lessons from a new science” de Richard Layard, recopilados en un gráfico del Global Investor Focus (31 de mayo de 2006, pág. 9) de Credit Suisse [PDF], mayor renta per cápita no quiere decir (a partir de cierto punto) mayor felicidad (la llamada Paradoja de Easterlin):
b) Según un artículo de Michael I.
El 29 de junio de 2005 avisaba de que esto llegaba.
Ahora Sara me envía un enlace a la noticia: ya ha llegado (por ahora en 10 aeropuertos norteamericanos).
Y esto es sólo el principio. Despídete de tus “derechos” más fundamentales.
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